La fanesca es uno de los platos más representativos de la gastronomía ecuatoriana, consumido tradicionalmente durante la Semana Santa. Esta sopa espesa y cremosa simboliza la unión de ingredientes autóctonos con la influencia colonial, reflejando la diversidad y riqueza cultural del país. Su preparación es compleja, pues cada uno de los ingredientes requiere una cocción específica antes de ser integrados en un solo plato.
La base de la fanesca es el bacalao seco y salado, el cual debe ser remojado durante un día para eliminar el exceso de sal y luego cocinado y desmenuzado. A esto se suman granos tiernos como habas, arvejas, fréjoles y choclo, que aportan textura y valor nutricional. El zapallo, junto con el arroz y el maní, le da la cremosidad característica, mientras que la leche y el queso fresco intensifican su suavidad.
El refjr de cebolla, ajo y achiote aporta profundidad de sabor y un color dorado a la preparación. Una parte de la mezcla es procesada para lograr una consistencia espesa y homogénea, mientras que los granos y el bacalao desmenuzado se incorporan al final para mantener su textura.
Cada familia ecuatoriana tiene su propia versión de la fanesca, ajustando ingredientes y proporciones según sus costumbres. A pesar de estas variaciones, hay elementos esenciales en su presentación: se sirve caliente y se decora con rodajas de huevo duro, plátano maduro frito, empanadas de viento y a veces queso rallado.
Más allá de su exquisito sabor, la fanesca tiene un significado cultural y religioso. Se dice que sus ingredientes representan a los doce apóstoles, mientras que el bacalao simboliza a Jesús. Esta tradición es una muestra del mestizaje culinario del Ecuador y de cómo la gastronomía puede ser una expresión de historia y fe. Compartida en reuniones familiares, la fanesca no solo alimenta el cuerpo, sino que también fortalece la unión entre seres queridos. Es, sin duda, un emblema de la identidad ecuatoriana y un platillo imprescindible en la celebración de la Semana Santa.